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martes, 5 de febrero de 2013

El respiro de Luanda



El candongueiro sale hoy de la metrópolis. Luanda es una excepción urbana dentro del continente africano. No debía olvidarlo aunque la gran ciudad me haya estado engullendo durante estos primeiros quince días. Necesitaba una toma de contacto con los pueblos donde la complicación no existe. Donde se trabaja todos los días para extraer del campo lo que la naturaleza ofrece.

Me sentía algo así como el reo que tiene un fin de semana para salir de su opresión. Así lo pensaba mientras íbamos dejando los restos de Luanda, que iba coleando a las afueras de la ciudad con sus últimos atascos. Por si en uno de esos momentos en los que el coche se mantiene parado 20 minutos sin saber por qué, decidíamos volver atrás. Pero no. Lay, “a minha namorada”( expresión maravillosa y sonora con la que la lengua portuguesa se refiere a los novios) y yo, estabamos decididos a tomar contacto com el aire limpio. Y la naturaleza más salvaje era lo que realmente nos imantaba.


Lo primero que hay que tener en cuenta en un viaje por Angola, es que el camino tiene la misma importancia que el destino. Debido a que la mano del hombre apenas ha modificado estas tierras a lo largo de la historia, se ofrece al viajero una nueva dimensión en su excursión. Mantener los ojos abiertos es una obligación y en mi caso, por suerte, también tenía a mi disposición dos personas con el conocimiento de la tierra que nos disponíamos a pisar. Un matrimonio de aquellos que es difícil imaginar por separado por formar una mezcla perfecta. Ver, escuchar y callar.


El viaje tenía como destino dos ciudades. Waku Kungo, donde haríamos noche y Huambo, segunda ciudad más grande de Angola, que visitaríamos durante un día entero. Zonas en las que la larga guerra civil había provocado estragos más superficiales de los que se pueden ver en Luanda. Historia y naturaleza se entrelazaban. Los recursos más rudimentarios, los recuerdos más trágicos. El gran número de banderas de Angola, MPLA o UNITA que se podían encontrar a lo largo de la carretera parecia incluso clamar a los cuatro vientos que estas tierras también son Angola. Que el país no acaba en Luanda. Kilómetro a kilómetro iba sintiéndome mejor en este nuevo território.

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