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lunes, 18 de febrero de 2013

El coronel que no fue niño

En Luanda es imposible viajar alrededor de la ciudad sin ver algún miembro de una fuerza de seguridad del país. Ejército, policía, guardia de tránsito, seguridad privada. Medio siglo de lucha entre la guerra de la Independencia y el conflicto civil tiene como consecuencia un excesivo número de soldados y policías. Según datos oficiales, Angola cuenta con 107.000 soldados permanentes, colocando al país en la posición número 66 en cifras globales. Pero si dividimos el número de habitantes en el país (unos 19 millones de personas) entre los soldados, da como resultado que en Angola hay un militar por cada 177 angolanos, aproximadamente. Una cifra muy alta comparada con el resto de países en África. Si comparamos con países occidentales, y en concreto con España, Reino Unido y Francia, también es superior: en España hay un soldado por cada 248 personas; en Reino Unido por cada 272; mientras que en Francia es por cada 181 habitantes. Y estas cifras tan solo se refieren al Ejército Nacional, dejando de lado el resto de fuerzas policiales. Por lo tanto, Angola es un país totalmente militarizado.

Buceando por los testimonios de los angolanos y la red, pude saber que una vez acabada la guerra civil, en 1992, se realizó una integración por parte de gran parte de los soldados del frente derrotado (UNITA) en el Ejército Nacional. No había otra opción para ellos. Una guerra de casi 30 años, 1 millón de muertos, 4 de refugiados, con una populación en 1992 de tan solo 12 millones de personas con una edad media de mortandad de 47 años, son cifras devastadoras. Y de las que siendo lógicos matemáticos, a duras penas se pueden cuadrar los números para formar dos ejércitos en lucha. Son demasiados combatientes muertos a lo largo de los años, lo que tuvo como consecuencia la captación de niños soldados. Cifras oficiales (http://www.hrw.org/news/2003/04/28/crian-soldado-esquecidas-em-angola) estiman que unos 11.000 niños lucharon en los 2 últimos años de guerra en Angola. 11.000 personas que no tuvieron acceso a la formación y que están lastrados psicológicamente por haber sido soldados durante la guerra. 11.000 personas además que no tuvieron acceso al programa de desmilitarización ni se les ofreció una alternativa a lo que habían vivido hasta ese momento.

Tras conocer estos datos, tuve unos días de locura transitoria. En la cara de cada militar, en la de cada persona que veía malviviendo por la calle de Luanda o quien me vendía cualquier producto en el supermercado, veía guerra enterrada. Al igual que el búnker de Savimbi había sido tapado con tierra, ellos habían tenido que tapar las muertes, violaciones y quién sabe cuántas atrocidades en su cerebro. Lo habían tenido que hacer conociendo personas nuevas, teniendo hijos, construyéndose un futuro. Suponía que quienes habían sido militares con una edad madura podían haber vuelto a su origen, y tratar en sus cabezas la guerra como si fuera tan solo un paréntesis. Pero qué se puede hacer cuando no hay origen. Cuando lo único que se recuerda de una infancia es el entrenamiento para aprender a matar. Hasta, exageradamente, me horrorizaba compartir mis problemas mundanos de renovación de visado o búsqueda de trabajo, cuando alrededor pudiera haber una persona que hubiera pasado por ese tipo de infancia.

Evidentemente, todo pasa, y no soy una persona tremendista. Volví a colocar cada objeto en su lugar.

Unos días después, mientras disfrutaba de un baño en una de las playas de Luanda, observé cómo en el bar pegado a la arena, un soldado de unos 30 años comía con un grupo de personas que debían de ser chinos. El hombre, robusto, alto y bien formado, reía y conversaba en un más que aceptable inglés. Parecía un gran anfitrión. Conseguía las congratulaciones de los hombres que estaban en la mesa y las miradas atentas de las mujeres. Un triunfador. De repente se levantó de la mesa y pasó justo al lado de mi. Vestía con el uniforme del Ejército y pisaba la arena con unas botas preparadas para cualquier terreno. A unos pocos metros de mi, encendió un cigarro y miró hacia el mar. Había escapado de la realidad virtual de un almuerzo de negocios, donde la hipocresía y los comentarios dirigidos y acertados reinan en los diálogos, para refugiarse en si mismo lo que duraba el cigarro. Lo imaginé pensando en cómo había llegado hasta allí. Yendo a ese búnker enterrado, ese cofre sin llave, por el que tiene que pasar, antes de firmar un contrato de miles de euros. Hacerse paso entre un montante de trágicos recuerdos. Quién sabe si la primera persona que vio morir, una explosión que vio desde lejos o un cuerpo mutilado que encontrara a su paso por un camino entre los pueblos del interior. Viajaba desde esa realidad virtual a su realidad interior. A la que le había formado y ya nunca más lo soltaría a pesar de los éxitos que pudiera conseguir.

Con disciplina militar, sin perder más tiempo que lo que tardó el cigarro en consumirse, volvió a su mesa. Volvió a actuar. Quizá nunca dejó de hacerlo en toda su vida porque perdió la época en la que nos comportamos de la manera más natural: la infancia.


¿Qué hacer con los horizontes no escogidos?

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