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miércoles, 6 de febrero de 2013

La fotografía de Waku Kungo

Waku Kungo no tenía demasiado que ofrecer. Sus calles sin asfaltar, con enormes agujeros hacían difícil su tránsito con el coche. Cuando llegamos, ya era casi de noche. Descansar un poco, pasar por una necesaria ducha y cenar nos llevó unas 3 horas. Un buffet libre que reconforta pero no enamora dio paso a un más que corto paseo por las calles de Waku Kungo. No había luz aquella noche y eso en Angola es sinónimo de inseguridad. Caminamos por los alrededores que estaban iluminados gracias al generador del própio hotel. El calor asfixiante de Luanda había dejado paso a una agradable temperatura de unos 20 grados. El aire fresco y el olor a tierra mojada inundaba nuestras conversaciones. Juntos y sin hablar demasiado, saboreamos el silencio y la sensación de libertad que habíamos conseguido al huir de Luanda.

Era suficiente por hoy. Apenas se podía pedir más.

Los rayos del Sol disparan temprano en Angola. Sobre las 6 de la mañana empieza a clarear el día y pasadas las 7 la luz es fuerte e intensa. Un aliado cuando hay que despertarse temprano. Desayunamos y nos pusimos en marcha. Con el amanecer, Waku Kungo tenía un nuevo aspecto. Más vigoroso y animado. Las calles seguían siendo un campo de agujeros, pero se sentía algo distinto. Rápidamente lo percibí. Eran muchos los niños que se amontonaban en las plazas de la localidad jugando y gritando. El murmullo de sus voces se podía percibir desde el interior del coche. Sonreían cuando avanzábamos dentro del vehículo, e incluso los más enérgicos nos saludaban con las manos. Corrían, bailaban, algunos jugaban al fútbol con una pelota imaginaria.

Angola tiene unos 19 millones de habitantes, aunque no existe censo oficial reciente. Fuentes gubernamentales aseguran que se hará un nuevo censo en los próximos meses. Se calcula que más de la mitad de la población es menor de edad. La guerra, la cultura de familia numerosa y la prosperidad en la que ha vivido el país en los últimos 10 años, son los factores que han inflado el segmento de población joven. Algo que se podía comprobar aquella mañana en Waku Kungo.

Justo antes de partir hacia Huambo, decidimos ir a comprar hielo para todo el día. Mientras tanto salí del coche y fumé un cigarro. Ataviado com mi cámara fotográfica y un sombrero aparentaba ser el típico turista. Algo a lo que el pueblo angolano, y sobre todo en el interior del país, no está acostumbrado todavia. Un grupo de niños se amontonó a mi alrededor y comenzó a observarme con atención.

El que parecia más mayor dio un paso al frente y señaló la cámara. “Isso é para tirar fotografias?” – preguntó. Le conteste que sí y sus ojos sonrieron más incluso que su boca. “Podes tirar-nos uma fotografia, por favor?”.
La educación de las personas en Angola es fascinante. Dudaba de aquellos niños de entre 12 y 14 años fueran a la escuela, pero sin duda conocían las reglas básicas a la hora de dirigirse a un extraño.

Les conteste que sí, por supuesto. Hice varias fotografias. Individuales, grupales. Todos querían posar, aunque algunos parecían tener miedo a la máquina. Después se agolparon alrededor de la cámara para verse. En mi inocencia, y con el pensamento europeo insertado aun en mi mente, le pregunté al cabecilla de aquellos miúdos, si tenían alguna dirección de correo a la que le pudiera enviar sus fotografias. El niño no me entendió, y se limitó a decir:

-“Só quería ver como eu sou numa foto”

La respuesta me dejó sin palabras. Ellos eran capaces de capturar la esencia de lo que es una fotografia. La capacidad que tiene una cámara de fijar un momento y mostrar cómo somos a los ojos de los demás.

Tras desearme un buen día, volvieron todos a jugar. Algunos se reían de las poses de sus compañeros. Otros parecían aun sorprendidos. Quizá era la primera vez que se veían en una fotografia.

Yo terminé mi cigarro y volví al coche.





Algunas de los miudos que nos pidieron una fotografía.



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