En una escalera de un edificio de negocios de Luanda puedes encontrar personas tan diferentes que parece un espejismo que hayan terminado en el mismo metro cuadrado. Primero está el hombre de unos 25 años, natural de Angola, que lleva su fregona limpiando continuamente, incluso las zonas que ya está brillantes, para dar la impresión de que hay orden en el edificio. Por otro lado, esos hombres enchaquetados, de mediana edad, en su mayoría portugueses o brasileños, que van de un lado para otro, sonriendo, mandando, haciendo negocios. Llevan con dignidad y orgullo el traje de chaqueta que compraron a medida en una tienda del centro de Lisboa o Río de Janeiro. Caminan con paso firme, como si de alguna manera la tierra que está bajo sus pies les perteneciera. Piensan y conversan entre ellos que si no fuera por ellos, las cosas estarían todavía peor. Y al menor error de educación de una persona negra, la miran con desprecio.
Bajan la escalera, riendo y con una
fragancia que enamora sin ver el cuerpo que la porta, varias mujeres. Todas
ellas secretaria o recepcionistas, que se pasan el día hablando, riendo,
incluso flirteando con cualquier blanco que quizá pueda llevarlas un día a
cenar o hacerles un regalo. Su presencia abarca más que su físico, porque la
mujer en África tiene un significado conceptual. Todos la respetan y con el paso
de la edad la cuidan, incluso aunque no la conozcan. Alrededor de todo este
tinglado, aparece el resto de las nacionalidades que están salpicadas por el edificio.
Españoles, que sonríen mucho y se defienden con su mezcla entre portugués y
español; anglosajones, que aparecen con la presencia de aquel que va a
solucionar cualquier problema; franceses que se unen entre ellos y tratan de
crear un Montparnasse en cualquier ciudad del mundo. O el enjuto chino, último
eslabón de la cadena que utiliza su país para asegurarse todos los territorios
donde hay algo que ganar que hay disipados por el mundo. Resulta cómico pensar que esa
casi abominable y terrorífica idea de que China está conquistando el mundo se traduce al
final en la imagen de un enclenque hombre, delgado, débil que anda de un lado
para otro, con mirada inteligente y precavida. Los soldados, desde luego, no
hacen honor a la fortaleza que presenta su ejército.
Y por
supuesto, el nuevo angolano, el que mira frente a frente a todo aquel que está
haciendo un expolio en su país. Llevan sus trajes de manera elegante, sobre
cuerpos atléticos, y zapatos de punta, que parecen tratar de contar que pueden
llegar donde quieran porque apuntan con fuerza hacia el horizonte. Sonríe
mucho, habla con cualquier persona de la calle, y siempre trata de hacer algún
tipo de negocio. Es lo que le ha enseñado la nueva vida. El individuo
prevalece.
Mientras
espero el ascensor, que nunca está en el lugar que se le supone, una marabunta
de vidas alejadas confluyen en el metro cuadrado donde yo me encuentro.
Culturas, creencias, lenguas, ideas, proyectos diferentes se asientan sobre las
mismas baldosas con el objetivo común de sacar beneficio y salir corriendo.
Fuera, bajo el sol que hace su parte, como dicen en Angola, pululan los miserables.
Aquellos que no están invitados a la fiesta, pero la ven desde fuera. Y no
pueden participar. Tan sólo recogen las migajas de la riqueza en forma de
propinas que les van cayendo continuamente. Por eso tampoco se rebelan. No vaya
a ser que el todo se vaya y ellos se queden sin su parte.
La multiculturalidad
y la globalización debe ser esto, reflexiono.
Pero incluso los colores fuertes
y atractivos que esperan en la calle cuando salgo a inmiscuirme entre la
marabunta de vidas sin rumbo, no consiguen evitar que sienta la tristeza de las
personas amables que voy encontrando mientras ando. Se abalanzan contra mí,
ofreciéndome cualquier tipo de servicio. Limpiar los zapatos, vender fruta,
saldo para el móvil. Lo hacen sonrientes, con la alegría propia del africano,
pero, después de un tiempo, ya no confundo el cómo del qué. Y la realidad es que están pisoteados y
enjaulados, empujados por la codicia universal. Nunca van a conseguir ser más
que vendedores ambulantes o aparcacoches.
Al fondo, en el mar, las grandes petrolíferas
continúan trabajando. Y justo donde un niño de unos 12 años me ofrece lavar el
coche, un edificio enorme es construido. Ya he visto otras veces cómo la obra
continúa incluso de noche, con una tenue luz para iluminar las labores de
los trabajadores. La construcción, llevada a cabo por una empresa china,
siempre respira, sea la hora que sea.
Unos chinos ordenan a una cuadrilla de
angolanos con señas, y los obreros se miran los unos a los otros intentando
descubrir el mensaje de uno de los que está gritándoles. De repente, identifico
al chino que vi en la escalera. Pega voces descontroladas en su idioma. Parece
enfadado porque el hormigón no parece haber sido expandido con cuidado. Un
albañil angolano lo escucha en silencio mientras limpia el hormigón desperdiciado con parsimonia.
El
tablero opulento no entiende de reglas, y la administración que dirige el juego
no tiene ni interés ni conocimientos para ser el árbitro. La jungla cada vez es más
frondosa y apenas se puede respirar, ni ver qué hay después de ella. El mercado
global tiene en Angola su paraíso. Y la escalera se sigue llenando de personas
que compran un billete de ida y vuelta para ver qué parte de ese paraíso les
toca a ellas.
Interesante análisis antropológico. Al final esos espejismos de los que hablas son también apariencias. Muchas veces éstas se vuelven fugaces, de ahí el individualismo descastado del que hablas. Pero hacen faltas miradas calmadas, como la tuya, para ver más.
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