Siempre creí en el tiempo y en el espacio. Percibo que la vida te va posicionando en un mejor o peor lugar según conjugues estas dos dimensiones. Una, el tiempo, es una magnitud física, creada por nosotros mismos, para llegar tarde la mayoría de las ocasiones. La otra, el espacio, existe cuando se cubre. Mientras tanto es desconocido. Por lo tanto, el espacio le debe a la persona su razón de ser. He creído en el tiempo y el espacio porque he comprobado que no hay algo más influyente en nuestra capacidad para sentirnos bien, que la perfecta comunión de ambos parámetros.
Innumerables ocasiones he estado en el espacio perfecto pero en el tiempo inexacto. Y también otras muchas he disfrutado de un tiempo magnífico en un espacio discordante. Recuerdo, por ejemplo, cuando era un niño que sólo quería saber de jugar al fútbol y conocer, que el tiempo era ideal. En ese momento (partícula temporal) el tiempo me daba la oportunidad de estar con las personas cercanas, las que me hacían reír y que pasara el tiempo, de nuevo, con celeridad. Tiempo y espacio vivían armoniosamente. Pero sin embargo, el paso de los años dio lugar a una mayor conciencia de que el espacio en el que me encontraba era insuficiente para respirar. Me alejé de la confortabilidad.
Cada persona difiere en cuanto a lo que necesita del tiempo y el espacio para estar bien. Yo soy bastante ambicioso, sobre todo en el espacio. Necesito abrir mucho mi campo de acción para sentirme lleno. No me vale con la calle de toda la vida. Digamos que preciso de ver muchas más calles de toda la vida. Incluso, todo lo que voy encontrando, lo observo de esa manera. Cada lugar al que he ido lo he intentado ver con los ojos de aquel que creció en uno de sus edificios. Incrustándome en su cuerpo, imaginando sus pensamientos o dibujando la primera imagen que veía desde su cuarto cuando despertaba.
Lo que ocurre es que una vez que he ido conquistando nuevos territorios para mi espacio, pocas veces he encontrado el tiempo ideal. La desubicación nace de ahí. De no saber ni dónde ni cuándo estás. De encontrarte en el lugar ideal pero con la compañía, que proporciona el tiempo, no idónea. Esa desubicación que a pesar de poder llegar a ser desconsoladora, es el único punto donde aprendes a conocerte. Donde ves tus límites y sufres los primeros ridículos, errores, enfados de quien no te respeta o la más absoluta indiferencia. Todos esas causas que configuran la consecuencia: tu nuevo yo que surge de la desubicación.
Angola se encuentra en este momento en un cambio de esos parámetros. Siempre tuvo el espacio, pero el tiempo lo posicionó como un país incapaz de evolucionar. La era de las colonias la colocó como un trozo de tierra más con el que hacer algo, pero sin pensar en él ni en quienes lo habitaban en su mayoría. El tiempo fue pasando y la ayudó a encontrarse con ella misma, y ahora su espacio es su mayor aliado y enemigo. La casi inacabable riqueza natural que tiene la hace una de las más suertudas a la hora de describir su territorio. Pero su espacio es tan codiciado que la pelea por él provoca que su tiempo se vaya acabando. El caos que sufre debido a la escasa organización de su dimensión en un tiempo que por fin le pertenece la hace atractiva y simpática, pero desgraciada en el fin. Las personas que la habitan acaban cubiertas por el lodo del caos. Y no viven confortables. Lo que es peor, el tiempo sigue pasando, y si no aprovecha su oportunidad de hacerse con el control su espacio, quizá no vuelva a tener su momento.
De esta manera me ha recibido Angola. El caos de Luanda, la desubicación que sufre en el globo terrestre, con personas empujando para un lado y para otro, se relaciona íntimamente con el caos que yo albergo en mi interior, donde también muchas partes empujan sin dirección común. Mi desubicación nunca antes fue mayor puesto que ni domino el espacio ni el tiempo. Pero siempre hay lugar y momento para revertir cualquier situación. Esperemos que tanto Angola como yo encontremos nuestra brújula.
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