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martes, 22 de enero de 2013
La esperanza escondida en Luanda
Luanda es movimiento. Vida, colores, desorden. Cuando viajas por el espeso tráfico luandés, tienes la sensación de que todo el mundo de alrededor busca algo. Que alguien depositó esperanzas de riqueza repartidas por toda la ciudad, para que la población trate de perseguirlas. Los edificios altos, los coches de lujo, los enormes barcos o los móviles de la más alta tecnología parecen ser pistas repartidas por todas las calles de la ciudad. Los más pobres perciben esos señuelos, se levantan y comienzan a andar en su búsqueda. La mayoría de los habitantes lo hacen lastrados por la escasa formación y educación, aunque comienza a generar frutos, y por ese complejo de país colonizado que tantos años tarda en desaparecer en las mentes de las personas.
Las sociedades jerarquizadas, normalmente pertenecientes a los Estados más antiguos y tristemente arraigadas con fuerza en las colonias, no es un mal que desaparezca con la independencia de estos países anteriormente colonizados. Países donde durante siglos el estamento de clases no ha sido una simple división de grupos sociales, sino que se trataba de amplios escalones casi imposibles de ascender tardan en recuperarse varias generaciones. 30 años no son suficientes para que desaparezca esa certeza de que si naciste en una parte social, económica y profesional, difícilmente tu esfuerzo cambiará el rumbo de tu vida. Pero los luandeses no son ciegos ni sordos a lo que llega de fuera. Angola ha hecho algo muy bien. Ha abierto sus puertas. Sin complejos. Ha mostrado su miseria, pero a la misma vez sus grandes recursos naturales. Ha admitido que ha sido un país duramente golpeado por la guerra, pero ha alzado la voz y ha llevado a cabo gestos para enseñar al resto del mundo que eso es pasado, y que no hay ninguna posibilidad de que la construcción de un nuevo país fuerte, rico y vigoroso se desplome. En definitiva, ha reconocido que está en el principio de un camino muy largo, pero que todos empujan hacia el mismo fin.
Por eso, ese desorden luandés que se aprecia desde un coche, o caminando por las poco asfaltadas calles de la capital angoleña, es el ruido visual y sonoro de la gente buscando la fuente de la riqueza. El país ha conseguido ofrecer una esperanza a su pueblo. Y eso es algo de lo que ahora mismo carecen casi todos los países del mundo.
Esta es la historia de unos ojos, una boca y una mente en Luanda, joya de la África que está naciendo. Una mente crítica, pero que a la misma vez tiene la predisposición a escuchar, ver y preguntar.
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Invitas a tener a Luanda de amiga...
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