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martes, 29 de enero de 2013

Contrastes enlazados



Ensimismado por los grandes edificios que me rodeaban,había dejado el candongueiro atrás, después de pagar el servicio, más una propina que había conquistado la sonrisa del conductor. Era la primera vez que abrazaba la ciudad de Luanda sin ir montado en vehículo, y tenía una sensación extraña. Primero, mi cuerpo se sentía raro al no sentir frío. Durante varios meses había portado chaquetas y jerseys de forma habitual. Y de repente no era necesario. Sin embargo, el calor sofocante de alrededor no me era tan intenso como se podía presumir. Mi tronco se liberaba de ese encogimiento en el que había vivido tanto tiempo tratando de reunir el máximo calor posible. Sentía la libertad.

Era viernes, verano y hora punta en Luanda. El tráfico se acumulaba en las calles. Los coches tapaban con su carrocería las poco respetadas señales de tráfico. La jungla ante mí. Y yo sin conocer nada de ella. “Va a ser complicado”, mascullé entre dientes. Avancé con paso firme y comencé a descubrir.

La primera toma de contacto con una ciudad suele ofrecer conclusiones equivocadas. Con esa certeza, caminé por primera vez por las calles de la joya del desarrollo africano. Pero el par de días que tenía ante mí, no eran precisamente de escaso movimiento. El azar me había destinado a lomos de la grabación de un videoclip alrededor de la ciudad. Algo que sin duda me permitiría conocer las varias Luandas que hay insertadas entre sí. Conocer el contraste del que tanto había escuchado. Y desde luego, así fue.

El mal estado de las calles serpentea hasta explanadas donde aparecen los gigantescos edificios. Erupciones que aparecen tras el terreno devastado. Coches de lujo que circulan entre personas que casi no tienen nada. Lo obvio también se debe contar. Lo consabido tiene su significado. Es un hecho. Pero en este caso yo quería empaparme de la esencia. De la relación entre polos tan contrarios que pocas veces llegamos a vislumbrar. De cómo el que pide dinero por vigilar un coche aparcado, o por ayudar con las bolsas de la comprar, puede vivir y debe respetar al que lo adelanta con un Jeep o al que entra en uno de los restaurantes más caros del mundo. Aun es pronto para poder definir una respuesta compacta y consistente. Pero lo que he podido descubrir es la llama en los ojos de todos los que habitan la ciudad. Existe el sueño, la sensación de que las cosas pueden mejorar. Un hecho que puede ser arma de doble filo. La esperanza, si no se materializa pronto, puede derivar en una caída aun mayor. Y ese riesgo también habita en Angola.




Habita porque las mentes acaban llevando a quienes las portan a la idea de que algo está fallando. Por ejemplo, ocurre con la piedra preciosa de la ciudad de Luanda y del propio país: la construcción de una nueva Asamblea, gigantesca, parecida al Capitolio Norteamericano. Una aparición que evoca a los diferentes estilos artísticos occidentales que han tratado de representar durante siglos el poder a través de majestuosos edificios del Estado. Una obra que casi no para: es habitual ver cómo los operarios trabajan durante la noche.

Ese gran edificio en construcción chirría con los contenedores destrozados, las calles sin asfaltar, los agujeros en las carreteras, o los cruces mal señalizados. Una oda a la expresión de empezar la casa por el tejado, desde luego.
Con el tópico de ser una de las ciudades con mayores contrastes comienzo a descubrir Luanda. Tópico que se convierte en verdad cuando se aterriza en la ciudad.

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