¡Que no hablen de
ti, Angola! Porque lo harán de una catástrofe humana, y olvidarán tus pueblos,
tus aldeas, la gente que está dentro de ti. ¡Que nunca abras un informativo
internacional, Angola! Porque será por causa de un accidente trágico y no
mencionarán tus paisajes, tus costumbres, tu historia. ¡Que seas invisible,
camaleónica como quienes vivieron en el interior de tu tierra durante tantos
siglos! Porque así tu esencia será intocable, y la mano más cruel del progreso
no llegará a tu identidad, dejando la sonrisa de las personas que aman tu
tierra como el único legado del hombre a lo largo de tus ríos, montañas y
valles.
La nota que
encontré en una de las casas de Katabola era un clamo al silencio, a la
ausencia de sus lectores. Quedé impresionado con el hecho de que alguien
escribiera palabras tan certeras con el sueño de que nunca existiera un gran
número de lectores de las mismas. Como si el secreto tuviera que ser escrito
para guardar su esencia de no ser rebelado. Una tierra llena de mecanismos sociales
que estaban lejos de mi comprensión me había enseñado que para visitarla debía
ser ojos y no boca. Por lo tanto, leí con intensidad las palabras que estaban
frente a mí, y volví a depositar el papel donde estaba, junto a la puerta que
daba entrada a una de las casas construidas que había por todo el poblado y que
daban la sensación de estar abandonadas. En ese momento, sentí que por tan solo
un instante yo era parte de esa comunidad social cuyo entendimiento era un
jeroglífico para mi mente. Un reto sin instrucciones, ya que lo único que tenía
que emplear para resolverlo era el espíritu. Algo, que como hombre occidental,
nunca había empleado para demasiado.
Al salir de la
construcción, cuando el sol fuerte de la mañana chocó contra mis ojos, uno de los
habitantes de Katabola me saludó en el lenguaje de la zona, imbundu, sin que yo apenas pudiera percibir ninguno de sus
sonidos. Ya estaba otra vez fuera de cualquier conexión con la comunidad social
que trataba de descifrar.
Pero en este
caso, al contrario de lo que ocurre en las sociedades occidentales, quien ve
todo desde la barrera disfruta de comodidad. Lo que había conocido hasta
entonces, era esa sensación de inadaptación cuando no eres parte del mecanismo.
En la cultura de los países desarrollados, cuando no se trabaja y no se genera
ningún tipo de bien para el sistema, sentimos que algo falla. Que tenemos que
buscar caminos alternativos para lograr ser un engranaje dentro del mecanismo
social. En Katabola era distinto. El hecho de ser audiencia de lo que hacen y
empaparse de las actividades en las que empleaban aquellas personas su tiempo,
era más que una ardua tarea. Lo único que piden es que trates de interactuar
con ellos, que preguntes, que saludes, que te muestres interesado. A duras
penas, con mi frágil portugués, fui conversando con las personas que encontraba
a mi paso. Preguntaban por mi familia, a pesar de no tener ni la más remota
idea de dónde provenía ese extraño y blanquecino ser humano, y enviaban sus
buenos deseos a mí seres queridos. Daba la sensación de que si decidiera
quedarme allí y tratar de ser parte de ellos, tan solo me exigirían respeto y
buenas intenciones. Un día me darían un bidón de agua para que lo llenara, otro
me dirían que fuera a recoger judías o patatas. Sin exigencias, sin apenas
darme cuenta, iría entrando en su sistema. Y mi sonrisa sería el aceite para
que yo no chirriara.
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| Fábrica abandonada en Katabola |

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