Ella tiene mucho que decir. Anda deprisa. Empujada por sus pensamientos. Son las 7 de la tarde y todavía hace calor. ¿Cuándo no hace? El sol va cayendo entre los altos edificios, dejándose entrever al final de la avenida a través de una grúa que todavía tiene movimiento. Camina por la Mutamba, uno de los barrios céntricos de Luanda. Lleva despierta desde las 4 y 30 de la madrugada. A las 5, cuando aparece la luz natural, se monta en un candongueiro junto a su madre para poder llegar al centro de la ciudad. 2 horas de tráfico y 4 candongueiros después, consiguen cubrir los 7 kilómetros de distancia hasta la casa donde Elsa, su madre, trabaja como empleada desde hace varios años. Allí, en las primeras horas de la mañana, ayuda a su madre a realizar las primeras tareas de la vivienda. Justo después de acabar la universidad, su madre habló con el dueño de la casa para pedirle el favor de contratar a su hija durante al menos 3 horas al día porque ella estaba buscando trabajo y necesitaba el dinero. El hombre, un angolano risueño, aceptó. Desde entonces, ella, recién licenciada en Derecho por la Universidad Pública, echa una mano a su madre cada día hasta las 10 de la mañana. Después comienza su verdadera "lucha". Sale a la calle a buscar trabajo. Perfumada, con tacones de vértigo, piernas estilizadas, sonrisa perenne. Aguanta los piropos de los limpiabotas que se desparraman por las calles de la zona. Un amigo suyo, también abogado, le ha dado una guía de los despachos más importantes de la ciudad. Incluso le ha indicado cuáles eran más proclives a contratar angolanos. Toca puertas, habla, espera, explica. Deja buena impresión pero su timidez reduce sus oportunidades. A las 3 de la tarde, cuando el Sol no perdona a nadie, vuelve a la casa donde aguarda Elsa que continúa trabajando. Come y descansa.
Su personalidad, enérgica, vitalista, inquieta, necesita de la expresión para confirmarse y configurarse como persona. Cada uno de sus días, lleno de responsabilidades, deja espacio a la libertad que encauza a través de la música. Volvemos a esas 7 de la tarde. Con la ropa cambiada, mucho más confortable y flexible, vuelve a la calle. Anda deprisa. Quiere llegar pronto. Quiere huir de los últimos rayos de Sol que tanto odia por el interés del astro de ser testigo de cada uno de sus pasos a lo largo de los interminables días. Al fin llega al espacio que tanto anhela. Por fin puede desatarse. Saluda, habla con las compañeras que vienen de distintos puntos de la ciudad, y después de 15 horas despierta, siendo otra persona, se muestra. Y tiene mucho que enseñar. Todo lo que piensa lo expone con sus caderas. Baila, convulsiona todos los músculos de su cuerpo sobre sus pequeños y fuertes pies. Agita sus manos, lanza sus brazos. Golpea la batuca a punto de llegar al trance. Se quita el disfraz y aparece desnuda. Con sus miedos, desafíos y sueños. Cuando sale del ensayo, la tristeza la invade. El mejor momento del día está de nuevo muy lejano.
Las calles de Luanda, si dirijo bien el ojo, parecen muestras de arte, cultura y música. El angolano se expresa moviéndose. Utiliza sus manos para argumentar. Lo que piensa o lo que dice se puede adivinar tan sólo con sus gestos. Es un pueblo expresivo, que no tiene lugares donde expresarse. El déficit de centros culturales en Angola, o al menos en Luanda, es alarmante. Hay movimientos que intentar convencer a la sociedad de que la salud cultural es una área tan sólo un escalón por debajo de la educación y sanidad. Un pueblo sin capacidad de que sus ciudadanos puedan mostrar unos a los otros lo que son no acaba nunca por fortalecer ese tejido social, que tanto necesitan los habitantes de un país para afianzarse como sociedad. Como grupo. Para dejar de ser un país que bien podría asemejarse a un gran y frío motel de carretera, donde las personas de fuera paran, hacen su negocio y se van. Poco a poco las instituciones comienzan a darse cuenta de este déficit y hay proyectos como por ejemplo la creación de un Teatro Nacional en los próximos meses. Yo me los creo. Algunos ya mayores, con los que hablo, se ríen mientras me tildan de iluso.
Sólo un cine, un teatro y un espacio cultural, para una ciudad de más 5 millones de habitantes. Los datos podrían ser rebatidos, pero la realidad es que en Luanda no se respira cultura. La noche y el ocio están reservados para el lujo y el derroche de los que tienen mucho y viven sin inquietudes culturales. Al otro lado, la falta de altavoces para expresarse de los que tienen poco. Pero la ciudadanía tiene lo esencial, que no es poco: el talento de las personas. La voluntad de mostrar. Y la humildad para aprender. Aquella joven es una de las que a pesar de todas las dificultades, no se desanima y actúa cada día. Y todo ello con el maldito Sol siempre presente.
Su personalidad, enérgica, vitalista, inquieta, necesita de la expresión para confirmarse y configurarse como persona. Cada uno de sus días, lleno de responsabilidades, deja espacio a la libertad que encauza a través de la música. Volvemos a esas 7 de la tarde. Con la ropa cambiada, mucho más confortable y flexible, vuelve a la calle. Anda deprisa. Quiere llegar pronto. Quiere huir de los últimos rayos de Sol que tanto odia por el interés del astro de ser testigo de cada uno de sus pasos a lo largo de los interminables días. Al fin llega al espacio que tanto anhela. Por fin puede desatarse. Saluda, habla con las compañeras que vienen de distintos puntos de la ciudad, y después de 15 horas despierta, siendo otra persona, se muestra. Y tiene mucho que enseñar. Todo lo que piensa lo expone con sus caderas. Baila, convulsiona todos los músculos de su cuerpo sobre sus pequeños y fuertes pies. Agita sus manos, lanza sus brazos. Golpea la batuca a punto de llegar al trance. Se quita el disfraz y aparece desnuda. Con sus miedos, desafíos y sueños. Cuando sale del ensayo, la tristeza la invade. El mejor momento del día está de nuevo muy lejano.
Las calles de Luanda, si dirijo bien el ojo, parecen muestras de arte, cultura y música. El angolano se expresa moviéndose. Utiliza sus manos para argumentar. Lo que piensa o lo que dice se puede adivinar tan sólo con sus gestos. Es un pueblo expresivo, que no tiene lugares donde expresarse. El déficit de centros culturales en Angola, o al menos en Luanda, es alarmante. Hay movimientos que intentar convencer a la sociedad de que la salud cultural es una área tan sólo un escalón por debajo de la educación y sanidad. Un pueblo sin capacidad de que sus ciudadanos puedan mostrar unos a los otros lo que son no acaba nunca por fortalecer ese tejido social, que tanto necesitan los habitantes de un país para afianzarse como sociedad. Como grupo. Para dejar de ser un país que bien podría asemejarse a un gran y frío motel de carretera, donde las personas de fuera paran, hacen su negocio y se van. Poco a poco las instituciones comienzan a darse cuenta de este déficit y hay proyectos como por ejemplo la creación de un Teatro Nacional en los próximos meses. Yo me los creo. Algunos ya mayores, con los que hablo, se ríen mientras me tildan de iluso.
Sólo un cine, un teatro y un espacio cultural, para una ciudad de más 5 millones de habitantes. Los datos podrían ser rebatidos, pero la realidad es que en Luanda no se respira cultura. La noche y el ocio están reservados para el lujo y el derroche de los que tienen mucho y viven sin inquietudes culturales. Al otro lado, la falta de altavoces para expresarse de los que tienen poco. Pero la ciudadanía tiene lo esencial, que no es poco: el talento de las personas. La voluntad de mostrar. Y la humildad para aprender. Aquella joven es una de las que a pesar de todas las dificultades, no se desanima y actúa cada día. Y todo ello con el maldito Sol siempre presente.
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