Ayer
murió Eusebio. Justo en la puerta del edificio donde vivo, una radio centraba
el interés de varias personas. Estaban pasando los audios de algunos de los
goles que consiguió en su carrera.Los narradores pausados, masticaban la
jugada, y no gritaban el gol con la fuerza
que ahora ejercen. Daban importancia al camino sobre la meta. Por eso, los chicos que estaban sentados
alrededor del aparato, imaginaban la jugada entera, sin pestañear, como si
pudieran situarse de repente en los años 60.
La escena se producía en un
paisaje lleno de altos y enormes edificios modernos, que desafiaban los cielos
con su forma puntiaguda. Parecían pedir explicaciones a alguien de
arriba por el hecho de que junto a su descomunal tamano se vivieran vidas tan miserables. El escenario, gracias a Eusebio, retrocedía 50 años atrás. Los
chicos eran felices en el momento en el que se imaginaban ser la nueva pantera negra, salir de
su calle y triunfar en los campos de Europa.
La figura del jugador nacido en
Mozambique tapaba su realidad, como los rascacielos hacían con la pobreza. Pero ese día había esperanza, y eso en estos lugares significa
mucho, más de lo que se puede imaginar. Había algo con lo que soñar y olvidar que alrededor
todo era basura y escasez. La tarde la iban a pasar jugando con una pelota,
corriendo y aspirando a ser el nuevo Eusebio.
Tampoco
había mucho que hacer. Justo en frente, en la plaza donde se amontonaban
vendedores ambulantes o “zungueiros” tratando de conseguir algo de comida para pasar el
día, o en su defecto cerveza para que pasara más rápido, se encontraba un joven fuerte,
robusto y con una eterna sonrisa. Acumulaba a su alrededor las atenciones de
todas las personas que pasaban cerca. Había distribuido en el suelo varios periódicos vendidos durante la semana anterior. Se situaba un paso detrás
de ellos, y explicaba a todo aquel que quería escucharle las noticias que aparecían en las portadas. Con una memoria precisa, señalaba cifras,
nombres, relatos que anteriormente él mismo había leído. Las personas pagaban por que les informaran. Si dejaban de ofrecerle dinero, él callaba hasta que alguien sacaba un billete para continuar sabiendo lo que no podía leer por su analfabetismo. Incluso representaba
escenas, como si fuera un teatrillo. Cambiaba las voces de los personajes que
interpretaba. Hoy su gran atracción era la noticia que corría por Luanda durante
los últimos días. Uno de los generales más conocidos por el pueblo, Bento Kangamba había sido acusado de formar parte de una red de prostitución y drogas
en Brasil. Las personas reían. El vocero tenía carisma y conseguía embelesar a
aquel que se pusiera frente a él. Incluso, a unos metros, algunos policías lo
miraban con un aire simpático.
Uno de los policías se aproximó al tumulto y escuchó más detenidamente. La noticia sobre el popular General
estaba haciendo disfrutar al público. La censura, algunas veces, no es
ordenada, sino que permanece en la mente de las personas, escondida, para
aparecer agarrada de la mano del miedo en el momento en el que se produzca algo
inesperado. Con certeza no existía una ley que prohibiese hablar del General
Bento Kangamba públicamente, o de
cualquier cargo público, pero los agentes pensaron que su deber era parar esa
burla. Sacaron sus porras e hicieron huir al vendedor de noticias. También
hicieron circular a los que lo escuchaban, a pesar de que ellos mismos hubieran
pagado por seguir oyendo a ese joven carismático.
Con el incidente, Luanda acabo de despertar. Las vacaciones todavía hacían mella en el
tránsito de las calles, lo cual daba un aspecto a la ciudad novedoso, mucho más calmo. Nunca la
había visto así. Sin confusión, sin griterío, sin coches parados en los cruces. Era otro
paisaje. Incluso me costaba orientarme con estas nuevas circunstancias. Mi
mente no reconocía los tiempos hasta llegar a un determinado lugar, y como
consecuencia me perdía en el espacio que me rodeaba.
Poco a poco, el tiempo
había hecho su trabajo. Me sentía más cercano a la ciudad, y dominaba sus
momentos, sus situaciones. Comenzaba a saber lo que podía ocurrir en determinado momento, aunque un simple
paseo por sus calles de la impresión de que todo es imprevisible. Con mucho terreno por recorrer tenía algunas
certezas. Certezas africanas, de las que no puedes fiarte mucho. Pero certezas.
Estacioné
el coche y decidí aprovechar la tranquilidad de la ciudad caminando hasta el
trabajo. Ya no me sentía tan extraño.
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