Es un pequeño monstruo. Hijo de otros grandes monstruos. Más diabólico si cabe porque ni tan siquiera sabe lo que es. De lo que está hecho. Funciona, al parecer, razonablemente bien. Tiene el sonido de una máquina bien engrasada, de las que no paran de generar bienes. La caja registradora con su sonido característico bien afinado. Enfrente está el padre, orgulloso de su hijo, que labora y no pregunta para qué lo hace. Por fin el padre puede sentarse y disfrutar. Observar, con la sonrisa de quien ha triunfado, del que no tiene preocupación alguna. Con la sensación del fin del peligro. Y es que el hijo protestó durante mucho tiempo. Libertad e independencia, clamaba. Cantos de sirenas para el padre. El padre, cansado, se fue un día de la casa, y firmó documento tras documento, en los que aseguraba que el hijo ya podía hacer lo que quisiera. El padre se hizo fotos con el hijo, de un lado para otro, y cuando se fue, el hijo, orgulloso y feliz de su nuevo status, clamó contra el que fue su estricto padre. Fueron tiempos de ilusión y afirmación del primogénito. Grandes algaradas, desfiles con aire militar, fiestas, ideas, horizonte. Días para el recuerdo, en fin. De hecho, el hijo, por fin, tenía algo para recordar en lo cual él era protagonista.
Después de aquello, el hijo se desentendió del padre, creyendo que la maldad de quien lo engendró no era ambiciosa. El hijo disponía de formidables recursos. Era lozano y sin tocar. Una tierra tan virgen como fértil y opulenta. El hijo siguió, eso sí, las pautas que su padre le dejó antes de irse. Pero el hijo estaba desorientado. Una de sus manos corría hacia un lugar. El otro brazo hacía fuerza para dirigirse hacia otro destino. Los pies, las piernas, el pecho, el corazón. Todos deseaban mandar, puesto que aquel cuerpo nunca había tenido quien lo mandara, a excepción del padre, que consiguió siempre gobernar sobre la unidad entera, propagando el terror a quien osara rebelarse. Las extremidades del hijo empezaron a luchar entre sí. A la batalla acudieron otros padres que apoyaron a los distintos combatientes. Les vendían utensilios con los que dañar a sus rivales. Todo con el objetivo de la victoria. El que había sido, años atrás, un joven cuerpo, sin errores y limpio, independiente, quedó destrozado. También mentalmente. Pero hubo un ganador. Que era lo que los padres querían.
Cuando el hijo, demacrado, consiguió establecer su jerarquía, recibió la visita del padre. Aquel cuerpo que fue vivo y robusto estaba ahora irreconocible. Era menester rehabilitarlo. El hijo, necesitado, pensó que las intenciones de su padre eran buenas. De hecho, agradeció que no apareciera con nuevas armas que trajeran más destrucción. Esta vez quería quedarse y ayudar. Fueron otros padres. También disfrazados en su caballo de Troya. Viajaron por el país, vieron y el hijo les ofreció lo que albergaba dentro de él. Algunas de sus posesiones atrayeron rápidamente a los padres. Cada vez fueron llegando más. Y el hijo abrió sus puertas. Y los pantalones de algunos, los bolsillos.
Los padres se asentaron. Negociaron con ventaja, puesto que el hijo necesitaba los cuidados básicos que sólo los padres podían facilitarle. Comenzaron a extraer todo aquello que les era útil. Los padres fueron enriqueciéndose. Más y más. Pero ya no se involucraban en la jerarquía del hijo. Volvían a estar como antes de la gran batalla. Pero sin luchas. Todo era más cómodo para el padre. Que se sentaba en su silla. Con la presencia de los grandes monstruos. Y veía trabajar a su creación e hijo. A su pequeño monstruo. Que cada vez tenía las manos atadas con más fuerza. Pero paradójicamente, se reía más.
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| Fuente: www.lamiradadifusa.com |

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