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martes, 26 de marzo de 2013

Invisible

Ser invisible siempre ha sido uno de los sueños del ser humano. Como volar o la teletransportación. Yo siempre, en mis deseos de fantasía, vi lo de la invisibilidad como una huida hacia adelante. Un progreso útil pero cobarde. ¿Cuándo usaríamos nuestro poder de desaparecer? Lo haríamos cuando las cosas nos fueran mal. En un momento de apuro, un simple gesto, y de repente desaparece el problema. Adiós a la vergüenza, a la bronca o a la culpabilidad.

Hoy leo que la invisibilidad está más cercana (http://www.abc.es/ciencia/20130326/abci-logran-hacer-invisible-objeto-201303251648.html). Adiós a lo que chirría, a lo que no funciona. A lo que sobra. Lo primero que se me ocurrió es que podríamos tapar con este tipo de capas, por ejemplo, aquel jarrón que nuestra madre nos regaló y que nos parece horrible. Después de unos años, y viendo su éxito, cubriríamos a las prostitutas que afean nuestra ciudad. Los barrios donde viven los sectores sociales más pobres también serían candidatos porque desde luego se trata de una pésima imagen para el forastero que descubra por primera vez nuestra localidad. Además de ser un alivio para nuestros corazones afligidos. ¿A quién le gusta ver a una persona inmersa en la miseria? No somos monstruos.

Imagino que los aeropuertos han debido ser las primeras instituciones en recibir una partida de este tejido que nos puede volver transparentes. Desde hace unos años, un nuevo cuerpo especial de funcionariado público se debe encargar de cubrir con una de estas capas a todos los jóvenes que deciden abandonar el país en busca de una oportunidad. A mí me ocurrió. Horas antes de mi vuelo a Luanda, caminaba por el aeropuerto de Barajas, en Madrid, cuando un hombre enchaquetado de unos 50 años me tocó la espalda, y me invitó a tomar un café. Con la simpatía de aquel que está a punto de despachar a alguien, me explicó que España esperaba que no volviera hasta que no tuviera una gran fortuna. En ese momento tendría abierta las puertas del país para pagar mis impuestos. Mientras tanto, habían decidido olvidarme. La forma de hacerme invisible iba a ser no ofreciéndome ninguna oportunidad laboral: “Ni se te ocurra buscar trabajo en España. Solo te ofreceremos minucias. Propuestas precarias.” – me aseveró con vehemencia. Además, durante mi periplo en el exilio, me recomendaban leer cada día los medios de comunicación españoles. Allí iba a encontrar por qué no volver. “No te preocupes. Esas causas las descubrirás a primera vista. Verás, por ejemplo, cómo vamos a robar dinero público. También identificaremos como terroristas a los indeseables que se quejan por perder sus casas o daremos facilidades a las empresas para que aquellos que son una carga se den cuenta de que su lugar está en la calle. También disminuiremos las ayudas sociales, claro. Y por supuesto ni hablar del progreso social y el desarrollo de las minorías.”

Yo no hablaba. Tan solo escuchaba. Acabó su planteamiento con rotundidad: “El objetivo, oficialmente, es la descarga de una masa social no contributiva al fortalecimiento de las clases generadoras de trabajo y oportunidades para los demás. Ya que te vas, te digo la versión no oficial. Queremos que todos los que, como tú, no tenéis ni un duro que aportar a las arcas del Estado, os vayáis y no volváis hasta que seáis ricos e importantes empresarios. Como nosotros. Suerte”. Se marchó y dejó su café a mi cuenta.

Después fui asimilando lo que acababa de escuchar. Invadido por la ira, entré en mi cuenta de Twitter, donde aseguré con vehemencia que era parte de un exilio obligado. Rápidamente, unas cuantas personas me apoyaron. Al mismo tiempo, otras personas me escribieron diciendo que era un vago y que si no quería estar en España, que me fuera. Emprendí mi camino hacia mi puerta de embarque.

Realmente no me quedaba otra opción. Ya tenía vuelo comprado. Y la capa de la invisibilidad esperaba en mi asiento.


2 comentarios:

  1. joseantonio.- Álvarez Enamorado26 de marzo de 2013 a las 5:30

    David, sólo quería decirte que te leo, que cada vez me gusta más como escribes y que estoy de acuerdo con lo que dices.Te deseo lo mejor, un abrazo.

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  2. ¡Muchas gracias José Antonio! Yo también te deseo lo mejor y espero que todo te vaya bien. ¡Un abrazo!

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